Domingo, 23 de julio de 2017
Pedro Cruz

Pedro Cruz

Veracruzano, se graduó de la licenciatura de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana; inició sus actividades periodísticas como reportero de Sucesos en El Dictamen. Ha intentado cultivar todos los géneros periodísticos. Ha sido jefe de prensa en organismos privados. Actualmente es asesor independiente  en comunicación social. Es un lector voraz.

pedrocruz13@yahoo.com.mx

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La lumbre que lo devoraba todo

Jueves, 19 Enero 2017 13:35

Mi recuerdo se concentra sólo en su nombre, porque me remite a la primavera perpetua;  a mi primera juventud. A la lumbre que lo devoraba a su paso.

Ha pasado ya mucho tiempo y trato de ordenar mis pensamientos como tratando de armar un rompecabezas al que le faltan piezas. Todos, sin excepción, tuvimos un amor en  la juventud. Luego perdemos el placer de andar en bicicleta y  crecemos arrinconando los recuerdos en el desván de la memoria.

Se llamaba Marisol.

Tenía la piel blanca, blanca, como la leche y el cabello negro, negro, y largo, como una  noche sin estrellas.

De sus ojos no me acuerdo pero su aroma todavía lo traigo vivo, impregnado en los  vellos de mi nariz, encriptado en el tálamo de mi cerebro.  Era todas las  fragancias vivas, frescas y dulces del mundo.

Podemos, a estas alturas,  darnos el lujo de reflexionar un momento: cómo puede uno asociar imágenes con sensaciones que te llevan, en ocasiones,  hasta la convulsión total, hasta el orgasmo.

Por ejemplo, ahora que pienso en ella, mi boca se vuelve un torrente de agua. No podemos regresar el tiempo como una cinta de cine, pero tenemos los recuerdos que es lo más importante y es lo que nos hace diferente a los animales.

Es curioso cómo transcurre la vida tan de aprisa  y cómo somos capaces de atesorar los recuerdos, felices o desgraciados, en lo más profundo de nuestra alma.

Hay cosas abominables que se olvidan para siempre y otras gratificantes que perduran. O viceversa, afortunadamente he podido olvidar las tragedias y mantener los momentos  alegres vivos; tal vez por eso aún me siento joven.

Mantenemos situaciones guardadas en un cofre en el corazón y de repente, en determinado día, cuando no tienes nada qué hacer o en qué pensar, saltan como el conejo en la chistera de un mago.

Los malos recuerdos son lamentables. Como las revelaciones de aquél  que tiene siempre presente los abusos de su padre o  situaciones aún peores.

Como dije antes, afortunadamente no cargo con ese tipo fardos. Deben ser piedras muy pesadas; tengo, en ocasiones,  malas noches y pesadillas,  pero ningún recuerdo que me orille a buscar revanchas, todo lo contrario,  perdura en mi memoria la imagen de un niño  que corre a  lomo en  un caballo desbocado. Las tardes en la playa o siguiendo las luciérnagas en la noche hasta llegar a la guarida de los lobos.

Lo más hermoso de tu juventud es que no hay preocupaciones de ningún tipo; sólo te dejas llevar como en un río crecido que te arrastra lejos. Si señor, ni más ni menos, con los brazos abiertos al sol, aspirando todas las fragancias del campo o de la ciudad.

Yo recuerdo a Marisol, por su lengua de serpiente. Aunque más joven que yo, resultó una maestra en las artes amatorias.  Hay mujeres que nunca aprenderán a besar, porque carecen de talento natural para la cama.

Se quedarán siempre en la orilla, chacualeando en las aguas pantanosas de la frigidez o de la timidez, quién puede saberlo.  Nunca obtendrán la valentía de exponer sus caderas desnudas al sol.

Otras en cambio traen una sabiduría personal, innata, para caminar  por los senderos  más  sinuosos y  siempre saldrán a flote por su arte. Marisol era una de esas.

La  conocí cuando ambos empezábamos a vivir. Hasta antes de esa parte, mi vida parecía insignificante,  similar a la del niño que tiene todas las cosas de comer al alcance de su mano, pero no tiene apetito.

Debió haber sido a finales de septiembre, cuando iniciaba el último curso. Es lamentable cómo pierdes el tiempo en cosas banales y ordinarias, cuando no tienes la capacidad para discernir  lo que realmente es útil en la vida.

Muchas veces te la pasas sentado en el quicio de la puerta de tu casa, mientras la felicidad pasa, rauda y veloz,  en una motocicleta, esperando que la sigas. Hay quienes no se quitarán nunca la venda de los ojos.

Otros, en cambio,  apenas nos dan una oportunidad y rompemos la piñata a palos  y arrebatamos todos los dulces.

Cuando logré avanzar por el sendero oscuro del bosque para enfrentarme a lo desconocido,  encontré a Marisol, en un halo de luz que provenía de la Vía Láctea en medio de un jardín de girasoles,  esperándome con los brazos abiertos.

Una noche sin luna. Sacudió su corta melena inmensamente negra,  me  tomo de la mano y me dijo: “no tengas miedo”, sólo hay que  dejarse llevar, como la barca que se queda a la deriva en altamar, sin voluntad propia para ir  a ningún lado.

En la total oscuridad, sin estrellas en el firmamento, abrió mi boca y sorbió la savia de mi cuerpo. Metió su lengua, filosa y resbaladiza  como una anguila, hasta el fondo de mi  garganta.

Al principio me asustó esa enorme víbora  tocando mis dientes, mis encías, enredándose con mi propia lengua, llegando hasta la faringe.

Todavía siento el  calor de su  aliento y la sensación de un  pulpo gigante que entra y sale por mi boca para repasar todas mis entrañas, hasta sacar sus  tentáculos por  los hoyos de mi nariz.

Luego cambiaba de táctica. Empezaba dando besos suaves como se besa a un recién nacido. Primero en los labios cerrados, luego en las mejillas,  en el lóbulo de la oreja izquierda, en el cuello.

Tras una pausa, su lengua iba volviéndose inmensa y rasposa como una lija para repasar mi pecho, mi espalda, mis brazos, mis piernas hasta convertirse en una ola gigante que me devoraba todo hasta llegar a la explosión de fuegos artificiales.

Ignoro si actualmente vive. Un nortazo de más cien kilómetros por hora, muy comunes en el puerto, se la llevó.  Sólo alcanzó a decirme adiós entre la hojarasca y la basura que barría a su paso.

Lo que conservo es el recuerdo de los tentáculos de un calamar gigante  que aún en estos días  me ahoga al llegar hasta el vértice  de mi garganta y de mí corazón.

 

 

Era el primer cliente del día.

Del otro lado de la barra, Mario me miró con misericordia, como se mira a un soldado herido en el campo de batalla.

Yo en cambio, como avergonzado, observé  mi reloj de pulsera. Las once de la mañana menos 15 minutos del sábado 23 de octubre. Una empleada terminaba de hacer la limpieza y ordenar las mesas.

Temprano, sin duda, pero mi cuerpo no resistía más. Afuera el sol daba pleno. Las señoras iban al mercado buscando las aceras con sombra. Los pichos trinaban alegres en las frondosas copas de los almendros y las palomas buscan romper las redes protectoras del friso del edificio de Correos.

Los coches pasaban raudos por la avenida y unos preparatorianos, tomados de la mano, se cruzaron por mi foco visual que me proporcionaba la ventana.

—No te preocupes lic, yo tengo la cura, dijo Mario, esbozando una sonrisa enigmática, que de momento no pude descifrar, si era de lástima u orgullo.

Lo miré borroso, desenfocado, como un zoom mal ajustado, como puede ver un hombre con el cerebro embotado, la garganta seca y las manos tembleques.

El barman parecía un sacerdote pagano; vestido con un delantal blanco, una gorra sin visera, la barba canosa hirsuta, los dientes amarillos y la sonrisa ensayada.

Atrás de él, cientos de botellas alineadas según su categoría y como escenografía el sincretismo religioso: lo culto y lo pagano. Casi frente a frente, dos altares, todavía con sus veladoras prendidas, uno para consagrar a la virgen de Guadalupe, el otro a la Santa Muerte, oscura, misteriosa, con su guadaña en la mano.

---No recuerdo cómo había llegado a mi departamento unas horas antes: las cuatro o las cinco de la mañana. Cómo saberlo en el estado en que me encontraba, totalmente intoxicado.

Tampoco recuerdo cómo pagué y bajé del taxi, ni cómo subí tres pisos; ni cómo introduje la llave en la cerradura y cerré la puerta.

Desperté cuando los rayos del sol, imprudentes, se filtraron por la ventana. Me descubrí empapado en sudor, tendido en el sofá, vestido y con los zapatos puestos, los lentes tirados bajo el mueble y una sed espantosa.

La crisis de los cuarenta es una cosa seria, pensé mientras me dirigí al baño. Oriné un potente chorro amarillo y espumoso. Mientras me abrochaba los pantalones me miré en el espejo del lavabo. No me reconocí; era mí otro yo el que se estaba reflejando.

Mi mujer se había marchado dos meses antes, cuando comprendió que nada iba a cambiar. Simplemente tomó sus cosas y se fue.  Comprendí su procedimiento, no hice ningún esfuerzo por detenerla, que caso tendría y seguí en montado en ese tren de vida sin freno.

Frente al espejo traté de hace algunas inflexiones pero percibí todos los músculos del cuerpo atrofiados; el cuello adolorido por la posición incómoda en que pasé el resto la noche.

Regresé a la sala para ver los destrozos del naufragio en que se había convertido vida.

Pensé en el decálogo del Maestro Antonio Velasco.

Primer punto:

–No te arrepientas de nada de lo que hiciste la noche anterior.

Segundo punto:

–No veas tu billetera.

Tercer punto:

–Tienes que seguir la celebrando, hasta que se te acabe la cuerda.

Revisé mis escasas partencias en las bolsas del pantalón: dos teléfonos celulares, las llaves, unas cuantas monedas y palpé la billetera intacta en la bosa trasera.

A punto estuve de revisar su contenido, pero me contuve. Seguí el paso del manual del buen tomador y no la abrí.
Miré mi reloj de pulsera, las diez y diez de mañana.

Recordé que era sábado, que no tenía caso ir a la oficina.

En un tiempo, fui la promesa del bufete de abogados Peralta, Cotrina y Asociados, donde laboraba, pero en los últimos años le había perdido el sabor al caldo a los litigios judiciales.

Estaba relegado a los casos sin importancia. Quizá había algo qué revisar, pero no era mi prioridad en ese momento.

Tomé las cosas con filosofía.

—Otros hombres más importantes que yo están muertos, dije en voz alta mientras me dirigía al refrigerador.

Pensé en Kennedy, en Juárez, en Martin Luther King, en el general Custer, en el soldado espartano que nunca retrocedió en la guerra del Poloponeso.

En lo que no quise pensar fue en la juerga de la noche anterior e hice una prioridad de las urgencias inmediatas.

Concluí: aliviarme el dolor que me aquejaba.

Mi cuerpo hervía por dentro.

Luego de bañarme y afeitarme de vestí de tiqui-tiqui.

–Un crudo, no puede dar lástima por su apariencia, le hablé al espejo mientras me ponía agua de colonia y éste me reflejaba una imagen muy distinta a la de hace un momento.

—Se llama Piedra, precisó Mario mientras ponía en una copa enorme, como en la que tomaba Agustín Lara y Pérez de León, todos los menjurjes de su barra.

Whisky, ron, vodka, tequila, brandy, y otros licores que no identifique. Luego coloco dos hielos y me ofreció el brebaje como el elixir de los dioses para aliviar a los mortales.

Lo probé. Tenía un rezago dulzón. Primero, apenas mojando los labios, luego di un sorbo y sentí cómo un río de energía penetraba por mi garganta, quemando todo a su paso.

Al tercer trago mis manos dejaron de temblar y el foco de visión se aclaró, como un telefoto bien ajustado. Dejé de sudar y mi sangre empezó a fluir a mi cerebro y a mi corazón.

—Sólo recomiendo dos, advirtió Mario.

—La tercera es por tu cuenta y riesgo.
—Dos y luego un Puerto Rico—, sentenció con su sonrisa misteriosa.

Me tomé la segunda Piedra. Empecé a ver las cosas del mundo más bellas al mediodía. Me paré en el vano de la puerta de ese templo de la perdición para ver y oler los olores de calle.

Una mulata con unas caderas enormes cruzo la avenida. Me entraron unas ganas inmensas de tenerla cerca y tocar  sus voluptuosas formas. Me relamí los labios.

Regresé a mi puesto en la barra. Entre  Coquito, Mary la Supertetas y el licenciado  Buchanas que se había incorporado.  Ambas me parecieron las mujeres más hermosas del mundo.

Marío, le dije con voz autoritaria, mi Puerto Rico y lo que pidan las damas.

El falsoretén de la Policía Federal

Sábado, 16 Abril 2016 09:20

Miré el velocímetro de mi auto Honda Civic, últimogrito de la tecnología japonesa: 160 kilómetros por hora y la máquina semantenía estable, sin el menor síntoma de inestabilidad. Sólo un ligeroronroneo se advertía de su potencia.

El control de temperatura marcaba 15 grados en elexterior. Sentía la ligera fricción de las llantas sobre el pavimento.

Era ya de madrugada. Como fantasmas difusos las imágenes de árboles inmensos se difuminaban con rapidez a la orilla de la autopista. El cielo estaba totalmente oscuro. Ni una estrella se divisaba en el horizonte.

-----A esta velocidad en una hora estaré en Tampico, pensé en voz alta.

Hacía lo posible por mantener mi cuerpo tenso, al límite; la mente lúcida, la boca apretada, los ojos sin pestañear; concentración total en el volante y en las luces altas;  sin pensar en nada, la mente en blanco, sólo siguiendo la línea fluorescente de la autopista.

Había sido un día ajetreado y ahora, en esta circunstancia, no podía darme el lujo de relajarme. Había leído por ahí que el 90 por ciento de los accidentes se suscitan por cansancio.

De repente el ambiente exterior se hizo pesado en mi inconsciente como cuando se presagia tormenta. El cielo, de por sí oscuro, se tornó lóbrego.

Abrí la ventanilla del auto para sopesar el clima. En efecto, advertí negros nubarrones en el cielo como un mal indicio de lo que restaba de la madrugada.

Una ráfaga de aire frio entró y golpeó mi rostro como un latigazo. Me dejó una sanción de desencanto e incertidumbre. Cerré el cristal con el botón lateral automático y encendí la radio. Tocaba música grupera o de banda.

Apague el radio. Metí la mano a la guantera y saqué un CD de música clásica; Caballería Ligera de Franz vonn Suppé.  La pieza era interpretada por la  Orquesta Sinfónica de Melide dirigida por Fernando Vázquez Arias.

Es una opereta que me saca del tedio y me incita amantenerme despabilado ya que la referencia musical es a las tropas montadas, en espera de la batalla,  que estaban débilmente protegidas y armadas y que destacaban por su velocidad en contraposición con la caballería pesada.

Aunque el compositor alemán vonn Suppé es poco conocido la Caballería Ligera es una de mis piezas favoritas que disfruto cuando voy manejando porque me transmite al frente de las hostilidades.  Al escenario imaginario donde se tiene que luchar sin dar ni pedir cuartel.

El asunto del clima lo tomé como un augurio pasajero, como un ave de mal agüero que se posa en tu ventana para advertirte  que se acerca el fin del mundo sin ninguna base científica.

Unos minutos más tarde el tráfico se hizo lento en la autopista. Supuse que era un retén militar o un puesto de revisión de la Marina o el Ejército porque a lo lejos divisé luces de torretas.

Como jefe de la Sección de Sucesos de El Diario, había redactado, corregido   y “cabeceado”   balaceras,asaltos,  secuestros,  levantones y todas las malas noticias que ha traído  consigo la violencia desatada por la batalla del gobierno contra los carteles de la droga y el reacomodo y disputa  de los grupos por nuevos territorios.

Conocía el protocolo de estos casos así que apagué el calefactor, bajé los cristales a pesar del frio, encendí las luces intermitentes del auto y prendí las luces interiores con las dos manos visibles al volante.

En la larga fila de vehículos a baja velocidad me precedía. Una camioneta Pick Up y luego un auto compacto Jetta negro.

En principio, como a 500 metros del retén,  había un tipo con una lámpara de mano haciendo movimiento de avance lento; traída uniforme de la Policía Federal.

---Un accidente---- dije en voz baja y  reduje el volumen del estéreo; había terminado la Caballería Ligera y empezaba la Sinfonía número 8  en G Menor de Dvorák.

El pelotón de la PFP ocupaba un carril de la autopista  y usaban el otro para la revisión;  en los dos carriles en el sentido de dirección contrario el tráfico era normal. A esa hora solo pasan raudos tráiler de doble full.

El conductor del Jetta negro hizo un cambio de luces y lo dejaron pasar con un saludo militar; le pidieron al conductor de la Pick Up  que se saliera de la autopista en un cercano terraplén.

Me dio mala espina.  Se me acercó un tipo vestido con uniforme de fajina  y me dijo: “es una revisión de rutina, muévase  a la izquierda, salga de la autopista”.
 

Al salir de la vía asfáltica, a un sitio solitario y oscuro, comprobé mis suposiciones: tenían encañonado de espaldas contra la portezuela al conductor de la Pick Up, mientras lo desbalijaban.

Entonces me percaté de sus uniformes, eran hechizos; sólo traían la camisola oficial; la mayoría del grupo, que eran  ocho o nueve, usaban pantalones de mezclilla y botas vaqueras.

Se me acercaron dos tipos con gorras con el logo falso de la PFP  y pistolas calibre 45 en las manos. Traían también  ambos una AK-47  terciada en la espalda.

 ---Bájese del auto----, dijo el que parecía llevar el mando.

-----Tiene que cooperar con la causa, agregó y mevio a los ojos.

Pareció dudar un momento.

Era alto, fornido, con bigote y ojos rasgados; se acomodó el Cuerno de Chivo al hombro y se alzó la visera de su gorra.

Su pareja traía un reflector con una luz muy potente para la inspección.  Observé de reojo que otro grupo  estaba trasegando mercancía de un tráiler a un camión torton; era mercancía valiosa como electrodomésticos y  menajes de casa; estaban asimismo rompiendo los candados de un contenedor con vinos.

----Buscan mercancía valiosa; gente  como yo no les interesa, dije para mí mismo con el fin de darme ánimos.

Noté  que a todos los conductores les quitaban sus cosas valiosas,  sus billeteras  y sus documentos personales en especial la credencial del IFE.  El que iba a interrogarme volvió a dudar. A dos palmos de mi nariz estudio mis facciones.

De repente preguntó:

--¿Hormiga,  eres tú?---.

Mi corazón dio un vuelco y estuvo a punto  de salirse. Desde hacía 20 años nadie me llamaba así, era mi apodo en la escuela secundaria.

Me dio una palmada en el hombro, que pareció amistosa.  Por la gorra y el uniforme no lo reconocí;  lo que asomaba de su cara me era algo particular, pero estaba nervioso y mi mente confundida. 

---Soy El chino,  gritó, el de la secundaria; el de la ETI 26.

 

Fue un encuentro agridulce de dos minutos.

---Ni modo, así va la vida--, dijo.

Me devolvió mi billetera a modo de despedida.

---Ve con calma y cuídate, Hormiga.

El Chino, el chico más noble en la secundaria; el deportista más destacado y uno de los primeros de la clase era ahora jefe de un grupo delincuencial que comandaba un falso retén de la Policía Federal entre Ciudad Mante y Tampico para “cobrar derecho de paso” con toda impunidad. 

No quise pensar en el resto del grupo estudiantil que se desbalagó: el Patán, el Oso, Crisanto, el Hijín,  Boylan y la Perrameada a quienes no les conocí ningún mérito o cualidad especial en la escuela. ¿Dónde estarán ahora?, quién sabe.

Volví a tomar la autopista con calma; espejeé, ningún auto me seguía todos estaban detenidos entregando sus pertenencias al Chino y sus secuaces.

Pise el acelerador a fondo. En efecto, antes que amaneciera estaba en Tampico.

 

En marzo del año pasado desperté con la oscura y mórbida ansiedad de conocer, en vivo a todo color y olor, al mismísimo señor Diablo.

Había llegado al final de mí mismo, como cuando conduces en una carretera sin señalización y luego, de repente, el camino se bifurca; tienes apenas unos segundos para decidir una ruta al azar.

Así iba mi vida en aquel momento, en una espiral sin fondo. Acababa de cumplir 47 años; reflexioné un momento en la cama sobre mi edad y más tarde, mientras corría las persianas para que entraran unos tímidos rayos de sol, comprendí que estaba sólo en el mundo, como un agente de tránsito en la autopista sin nadie a quién multar.

A los 47 murió Simón Bolívar, el libertador de América, el  hombre que soñó un solo país, desde el Río Bravo hasta la Tierra del Fuego.

Estaba tan consumido que parecía de 70. El caudillo de la independencia Latinoamericana, en guerras inacabables se hizo viejo prematuramente.

Me miré al espejo desnudo, di gracias no see si a Dios o al Diablo por haber nacido en la era del avance científico con la protección de la penicilina y los condones.

El ejercicio me mantenía en un cuerpo de muchacho, aunque mi cabeza pintaba canas y el colágeno de la piel me había abandonado desde los 30 años.

Yo en cambio abandoné a mi familia cuando mi mujer me sorprendió con mi amante, por cierto, mucho menos agraciada que ella, pero con chispa; en cambio de qué le sirve a una mujer la belleza del cuerpo si le falta “feeling” para algunas cosas.

No me permitió volver a entrar a su cama y tuve que emigrar al piso 14 de un edificio de departamentos de la colonia Condesa desde donde divisaba la parte romántica del Distrito Federal.

Como traductor en jefe de una de las editoriales más importante del País trabaja seis meses y descansaba seis.  Ganaba bien, porque se necesita más que talento para traducir a los clásicos y a los libros raros.

Tenía tiempo suficiente para encontrar al Chamuco, a Lucifer, a Belzebú,  pero no  en cualquier parte  ni en cualquier momento se aparece el Diablo, así que tenía que actuar con rapidez.

Lo complicado era que mi motivación para ver al ángel caído del cielo, aquél que se reveló al poder infinito de Dios, era puramente literario.

Acaba de terminar la traducción de un capítulo en latín del  Codex Gigas o el Códice de Satanás,  un antiguo manuscrito medieval escrito a  principios del siglo XIII  por el monje Herman el Recluso, pero  dictado por el Diablo.

Lo que había traducido eran un pequeño tratado sobre curas medicinales y encantamientos mágicos que me parecieron, como muchas otras personas que han opinado del libro, una literatura extraña, fascinante, rara e inexplicable, así que valía la pena conocer en persona a su autor.

Mi única referencia era Catemaco. No conozco en México algún otro sitio donde se aparezca Belcebú con tanto estruendo y suntuosidad.

Puse apenas lo  indispensable en una maleta y emprendí la huida en busca de Satanás; pensé en una canción de Sabina, “es falso lo que te han contado los curas de mi”.

Manejé como poseso 500 kilómetros, haciendo paradas indispensables para recargar combustible y pasar a los baños sucios de las gasolineras.

Pardeaba la tarde cuando entré a Catemaco que  estaba convertido en un jolgorio por la el Congreso Internacional de Brujos.

Traía una referencia de la doctora Prampolini.

--Busca a Chagala—, me había dicho, sin más detalles.

-–¿Dónde vive Chagala?-- , le pregunte a un agente de tránsito,  no supo darme razón.

Un vendedor de frutas que paraba la oreja en la esquina y que vió la escena, me preguntó:”¿Cuál de todos los Chagalas?.

—Hay como diez familias con ese apellido—

--Puta madre, dije —- El brujo—-.

Me dio señas ininteligibles. —-Vaya por esta calle, luego doble a la izquierda, luego suba tres cuadras a la derecha—-.

Como pude lo encontré.  Me sorprendió que Chagala, el brujo mayor de Catemaco, el chamán que convocaba al Diablo cada año, era un médico cirujano reconocido en la zona por su adiestramiento científico y no tanto por su liturgia pagana.

Esperaba encontrar a un hombre con vestimenta estrafalaria y un cuarto con cabezas de pigmeos  disecadas, colgadas en el techo.

Localicé a un tipo con bata blanca, en un cuarto aséptico, rodeado con instrumental quirúrgico y muebles propios para la ciencia médica.

Pensé que me había equivocado, pero no.

—¿ Para qué quieres ver al Diablo?—,  preguntó mientras se aflojaba el nudo de la corbata.

-–Los motivos son siempre los mismos: dinero, amor o salud–.

—¿Qué te hace falta?—.

—Todo eso tengo—- le respondí.

—Mi interés es meramente literario—-.

Mi miró intrigado, como se observa a un bicho raro a través del cristal.

–Lo reconozco como un gran escritor y quiero verlo cara a cara–, le expliqué.

—-Mira, —dijo Chagala–,  si pagas los cinco mil pesos, no hay problema, a mí los motivos no me incumben—.

–Mi única misión es llevar a todas las almas que pueda por su propio pie a la higuera, pero primero hay que “palmar”—, explicó mientras abría la palma de la mano y simulaba contar billetes.

Chagala me explicó más tarde que era un brujo de quinta generación; que su tatarabuelo, hacía más de  200 años, cuando el Diablo se paseaba vestido de catrín en las polvorientas calles de Catemaco en un caballo blanco que arrojaba fuego por los belfos, hizo un pacto  que terminaba en el año 2016 con él.

Sus hijos ya no seguirían la tradición, pero tenía que terminar su misión de enlace. El dinero lo donaba a una institución filantrópica para niños con cáncer.

–-El Diablo no es tan malo como creen— me advirtió.

-–Mañana te espero a las siete de la tarde aquí en el consultorio para partir al rancho Constancia a la higuera milenaria; el Diablo bajará  a las doce de la noche con 12 minutos y 12 segundos, entonces tendrás la oportunidad de exigir, no de pedir, exigir, todo, todo es todo amigo, no te limites—, subrayó Chagala con una risa-mueca que no pude descifrar.

Pero te advierto que, primero, junto a la higuera, tendrás que bailar, “ por que al Diablo le gusta el mambo”.

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