Miércoles, 23 de agosto de 2017


Columna: Las Letras

El falsoretén de la Policía Federal

Sábado, 16 Abril 2016

Miré el velocímetro de mi auto Honda Civic, últimogrito de la tecnología japonesa: 160 kilómetros por hora y la máquina semantenía estable, sin el menor síntoma de inestabilidad. Sólo un ligeroronroneo se advertía de su potencia.

El control de temperatura marcaba 15 grados en elexterior. Sentía la ligera fricción de las llantas sobre el pavimento.

Era ya de madrugada. Como fantasmas difusos las imágenes de árboles inmensos se difuminaban con rapidez a la orilla de la autopista. El cielo estaba totalmente oscuro. Ni una estrella se divisaba en el horizonte.

-----A esta velocidad en una hora estaré en Tampico, pensé en voz alta.

Hacía lo posible por mantener mi cuerpo tenso, al límite; la mente lúcida, la boca apretada, los ojos sin pestañear; concentración total en el volante y en las luces altas;  sin pensar en nada, la mente en blanco, sólo siguiendo la línea fluorescente de la autopista.

Había sido un día ajetreado y ahora, en esta circunstancia, no podía darme el lujo de relajarme. Había leído por ahí que el 90 por ciento de los accidentes se suscitan por cansancio.

De repente el ambiente exterior se hizo pesado en mi inconsciente como cuando se presagia tormenta. El cielo, de por sí oscuro, se tornó lóbrego.

Abrí la ventanilla del auto para sopesar el clima. En efecto, advertí negros nubarrones en el cielo como un mal indicio de lo que restaba de la madrugada.

Una ráfaga de aire frio entró y golpeó mi rostro como un latigazo. Me dejó una sanción de desencanto e incertidumbre. Cerré el cristal con el botón lateral automático y encendí la radio. Tocaba música grupera o de banda.

Apague el radio. Metí la mano a la guantera y saqué un CD de música clásica; Caballería Ligera de Franz vonn Suppé.  La pieza era interpretada por la  Orquesta Sinfónica de Melide dirigida por Fernando Vázquez Arias.

Es una opereta que me saca del tedio y me incita amantenerme despabilado ya que la referencia musical es a las tropas montadas, en espera de la batalla,  que estaban débilmente protegidas y armadas y que destacaban por su velocidad en contraposición con la caballería pesada.

Aunque el compositor alemán vonn Suppé es poco conocido la Caballería Ligera es una de mis piezas favoritas que disfruto cuando voy manejando porque me transmite al frente de las hostilidades.  Al escenario imaginario donde se tiene que luchar sin dar ni pedir cuartel.

El asunto del clima lo tomé como un augurio pasajero, como un ave de mal agüero que se posa en tu ventana para advertirte  que se acerca el fin del mundo sin ninguna base científica.

Unos minutos más tarde el tráfico se hizo lento en la autopista. Supuse que era un retén militar o un puesto de revisión de la Marina o el Ejército porque a lo lejos divisé luces de torretas.

Como jefe de la Sección de Sucesos de El Diario, había redactado, corregido   y “cabeceado”   balaceras,asaltos,  secuestros,  levantones y todas las malas noticias que ha traído  consigo la violencia desatada por la batalla del gobierno contra los carteles de la droga y el reacomodo y disputa  de los grupos por nuevos territorios.

Conocía el protocolo de estos casos así que apagué el calefactor, bajé los cristales a pesar del frio, encendí las luces intermitentes del auto y prendí las luces interiores con las dos manos visibles al volante.

En la larga fila de vehículos a baja velocidad me precedía. Una camioneta Pick Up y luego un auto compacto Jetta negro.

En principio, como a 500 metros del retén,  había un tipo con una lámpara de mano haciendo movimiento de avance lento; traída uniforme de la Policía Federal.

---Un accidente---- dije en voz baja y  reduje el volumen del estéreo; había terminado la Caballería Ligera y empezaba la Sinfonía número 8  en G Menor de Dvorák.

El pelotón de la PFP ocupaba un carril de la autopista  y usaban el otro para la revisión;  en los dos carriles en el sentido de dirección contrario el tráfico era normal. A esa hora solo pasan raudos tráiler de doble full.

El conductor del Jetta negro hizo un cambio de luces y lo dejaron pasar con un saludo militar; le pidieron al conductor de la Pick Up  que se saliera de la autopista en un cercano terraplén.

Me dio mala espina.  Se me acercó un tipo vestido con uniforme de fajina  y me dijo: “es una revisión de rutina, muévase  a la izquierda, salga de la autopista”.
 

Al salir de la vía asfáltica, a un sitio solitario y oscuro, comprobé mis suposiciones: tenían encañonado de espaldas contra la portezuela al conductor de la Pick Up, mientras lo desbalijaban.

Entonces me percaté de sus uniformes, eran hechizos; sólo traían la camisola oficial; la mayoría del grupo, que eran  ocho o nueve, usaban pantalones de mezclilla y botas vaqueras.

Se me acercaron dos tipos con gorras con el logo falso de la PFP  y pistolas calibre 45 en las manos. Traían también  ambos una AK-47  terciada en la espalda.

 ---Bájese del auto----, dijo el que parecía llevar el mando.

-----Tiene que cooperar con la causa, agregó y mevio a los ojos.

Pareció dudar un momento.

Era alto, fornido, con bigote y ojos rasgados; se acomodó el Cuerno de Chivo al hombro y se alzó la visera de su gorra.

Su pareja traía un reflector con una luz muy potente para la inspección.  Observé de reojo que otro grupo  estaba trasegando mercancía de un tráiler a un camión torton; era mercancía valiosa como electrodomésticos y  menajes de casa; estaban asimismo rompiendo los candados de un contenedor con vinos.

----Buscan mercancía valiosa; gente  como yo no les interesa, dije para mí mismo con el fin de darme ánimos.

Noté  que a todos los conductores les quitaban sus cosas valiosas,  sus billeteras  y sus documentos personales en especial la credencial del IFE.  El que iba a interrogarme volvió a dudar. A dos palmos de mi nariz estudio mis facciones.

De repente preguntó:

--¿Hormiga,  eres tú?---.

Mi corazón dio un vuelco y estuvo a punto  de salirse. Desde hacía 20 años nadie me llamaba así, era mi apodo en la escuela secundaria.

Me dio una palmada en el hombro, que pareció amistosa.  Por la gorra y el uniforme no lo reconocí;  lo que asomaba de su cara me era algo particular, pero estaba nervioso y mi mente confundida. 

---Soy El chino,  gritó, el de la secundaria; el de la ETI 26.

 

Fue un encuentro agridulce de dos minutos.

---Ni modo, así va la vida--, dijo.

Me devolvió mi billetera a modo de despedida.

---Ve con calma y cuídate, Hormiga.

El Chino, el chico más noble en la secundaria; el deportista más destacado y uno de los primeros de la clase era ahora jefe de un grupo delincuencial que comandaba un falso retén de la Policía Federal entre Ciudad Mante y Tampico para “cobrar derecho de paso” con toda impunidad. 

No quise pensar en el resto del grupo estudiantil que se desbalagó: el Patán, el Oso, Crisanto, el Hijín,  Boylan y la Perrameada a quienes no les conocí ningún mérito o cualidad especial en la escuela. ¿Dónde estarán ahora?, quién sabe.

Volví a tomar la autopista con calma; espejeé, ningún auto me seguía todos estaban detenidos entregando sus pertenencias al Chino y sus secuaces.

Pise el acelerador a fondo. En efecto, antes que amaneciera estaba en Tampico.

 

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Pedro Cruz

Veracruzano, se graduó de la licenciatura de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana; inició sus actividades periodísticas como reportero de Sucesos en El Dictamen. Ha intentado cultivar todos los géneros periodísticos. Ha sido jefe de prensa en organismos privados. Actualmente es asesor independiente  en comunicación social. Es un lector voraz.

pedrocruz13@yahoo.com.mx