Lunes, 26 de junio de 2017


Columna: Las Letras

Esta noche voy a aprender a bailar

Miércoles, 02 Diciembre 2015

El fugitivo se adentró por una  vía angosta  que rodeaba un barbecho entre las poblaciones de  La Covadonga y Santa Gertrudis.

Adrede se desvió del camino nacional buscando un atajo y topó  con paisaje singular nada propio de estos páramos.

Al avanzar por una vereda inacabable, formada por cercas vivas de palo mulato, notó que el ambiente era muy fresco.

La temperatura bajó de súbito  al menos dos grados; una corriente de aire arrastró hacia el camino a una parvada de garzas que pasaron a su lado casi rozando el suelo.

 ---Y ahora dónde chingaos estoy, si el mar está muy lejos,  pensó.

A ambos lados de la vera se extendían verdes sembradíos de sorgo y avena, cultivos no naturales para estas tierras y para la temporada de secas.

Sin embargo, se dejó guiar por el instinto, como un perro siguiendo a su presa. De pronto, como por arte de magia, el ambiente volvió a cambiar de manera radical.

---Otro microclima en los menos de diez kilómetros que llevo recorridos, pensó ahora sin hablar.

Los palos mulatos y los árboles frutales desaparecieron; las cercas vivas del camino fueron sustituidas por cardos, huizaches y cornezuelos.

El calor regresó inclemente; una ráfaga de viento seco le dio en la cara dejándole una sensación de desconcierto.  Estimó que la temperatura rebasaba ahora los cuarenta grados.

Pero no había  manera de echarse para atrás. Los campos labrantíos se convirtieron en tierras yermas,  sólo palmas de apachite y un zacate ralo dominaban la extensa pradera.

---En dónde diablos me vine a meter, rumió de coraje y apuró el paso.

En Los Capulines había perdido el caballo; así que siguió adelante con la alforja repleta de monedas de oro al hombro, producto del asalto a la hacienda de Montero.

Su plan era conseguir otra montura  y llegar hasta las faldas de la sierra, donde tenía su guarida, lejos, muy lejos de las narices del Negro Cobos,  el jefe de la Columna Volante, que no tardaría, sino es que ya estaba, tras su rastro.

A dos kilómetros observó una  ranchería, más bien un caserío; serían alrededor de  veinte  chozas  con techos de palma, pisos de tierra y circundadas de madera de nacaxtle; había dos o tres casas de mampostería,  una iglesia y un salón de baile; apuró el paso porque la sed le escocía la garganta.

Tres perros famélicos salieron a darle la bienvenida; no le ladraron, solo estuvieron husmeándolo de cerca. 

---Pinche pueblo de mierda, dijo en voz alta.

---Aquí no voy a entrar ningún caballo.

Por las dudas tocó la cacha de su pistola calibre45 bien puesta en la sobaquera, escondida bajo la cazadora.

Llegó a lo que parecía el centro del villorrio; las puertas y ventanas de las casas estaban abiertas pero no mostraban señales de vida.

Luego escuchó un rumor, como el desbordamiento de un río, que provenía de la iglesia y hacia allá se encaminó.

La visión era extraña. Una mujer, ataviada con sotana negra, oficiaba misa.

La iglesia no tenía paredes.  Era una galera techada con lámina de zinc con un crucifijo  burdo de madera en lo alto.

Al fondo, un pequeño altar donde yacía en actitud piadosa la Virgen de la Cuyucuenda, sin ninguna otra parafernalia religiosa, más que un ramo de gardenias marchitas.

Alrededor de 50 mujeres, jóvenes y viejas, altas y chaparras, se concentraban en un cántico que  hechizaba como el sonido de la víbora de  cascabel.

Nadie volteó a verlo, como si  ya lo esperaban. Impaciente se detuvo a una perentoria distancia.

----De qué se trata todo esto, rezó en voz baja, mientras se persignó y se quitó el sombrero como para mostrar un respeto que no sentía.

Al término de la misa, tras unos minutos que le parecieron interminables,  una mujer de no más  de  treinta años, alta y flaca, con la tez quemada,  vino a su encuentro.

Lo estudió con parsimonia. Lo analizó de arriba abajo como un objeto en venta.

---Desde hace varios años no hemos visto un hombre, que ya hasta se nos olvidó su aspecto, dijo para sí.

-----Este es el pueblo de las viudas y dejadas.

El forastero, en principio, no supo qué responder.

---Seño,  --por fin atinó a decir--, me he perdido, sólo quiero agua, comer algo y comprar un caballo, para seguir mi camino.

La mujer siguió en su soliloquio  con voz neutra, como si no lo hubiera escuchado.

--Somos 49 las viudas y dejadas de este pueblo; la misa es para Leonila que se nos murió la semana pasada, porque también de vieja se muere uno.

---Nuestros maridos murieron jóvenes de una rara enfermedad;  eso fue ya hace muchos años;  los que quedaron vivos se fueron una madrugada llevándose a nuestros hijos varones.

----Los seguimos al amanecer pero les perdimos el rastro en los potreros del Muñiz. Desde entonces ningún hombre  ha venido por aquí;  bueno pasó un piquete del ejército, pero eso no cuenta;  hemos estado, por mucho tiempo, solas y abandonadas.

El forastero pensó que estaba loca. De pronto se vio rodeado por todas mujeres  de la aldea. Estudió  sus rostros, algunas era muy jóvenes, otras muy viejas,  pero  el común denominador  en ella será la mirada, sin vida, sin brillo, perdida en el infinito del campo.

La que llevaba la voz cantante le dijo.

---Forastero, aquí hemos perdido la noción del tiempo, desde hace mucho dejamos de contar los días. ¿Qué año es en el mundo de dónde procedes?.

El hombre alzó la cara para ver el sol que irradiaba un color irreal y curiosamente ya no quemaba, el ambiente se había vuelto indefinido, como en un sueño.

---Vengo del Puerto. Estamos en 1936, subrayó, fuerte, como que todas lo escucharan.

---¿Tanto tiempo ha pasado?. Nuestros  hombres se marcharon, si mal no recuerdo, el 2 de abril de 1861.

---Recuerdo bien la fecha;  unos días después, como te dije,  pasó un comandante de leva y pensó que los habíamos escondido; los francés estaban ya ganando la guerra.

---Pues sí que ha pasado el tiempo, arguyó el forastero por decir algo y  ya no supo más qué pensar.

--Mi marido se había ido antes  en 1860, para integrarse al lado de los liberales—apuntó  otra mujer, muy joven por cierto y con pecas en la cara.

----No tenemos, por el momento, agua ni comida, pero por la noche celebraremos la fiesta del pueblo;  habrá de todo en abundancia y con suerte te conseguimos al amanecer un caballo.

Lo condujeron a una choza para que descansara. El aposento carecía de muebles;  tenía piso de tierra recién aplanado y estaba fresco. Pronto se quedó profundamente dormido.

Cuando despertó el sol se  había ocultado; las cigarras mantenía una trova  hipnótica que pensó en Marco Polo atado al palo mayor de la carabela a punto de la locura por el canto de las sirenas.

No había ni rastro de luna o estrellas en el cielo; volvió a escuchar el rumor, ahora provenía del salón, el murmullo simulaba el clamor de la riada del río.

Alumbrándose con la luz de los cocuyos fue siguiendo el ruido que crecía conforme se acercaba.

El salón estaba adornado con guirnaldas  de papel de China y flores vivas. Como la iglesia, el salón no tenía paredes, sólo el techo alto de lámina.

Las mujeres habían cambiado sus ropas de misa por atuendos de fiesta y el semblante de duelo  de sus caras  por máscaras de alegría, como de carnaval,  sólo los ojos eran los mismos, extraviados  en la oscuridad de la noche.

El conjunto que amenizaba la fiesta era singular: un acordeón, una guitarra, un chelo y algunos instrumentos de aire; todas las ejecutantes era muy jóvenes. Las  mujeres viejas  mostraban dentaduras postizas y coloretes en los carrillos; bailaban en parejas sin mucho ánimo.

En efecto, había cosas de comer,  en abundancia, dispuestas en cazuelas de barro sobre un templete: tamales, dulces y frutas  en conservas y en odres diversos licores y en jarrones de vidrio aguas de todas las frutas conocidas en el mundo.

En principio no reconoció a la sacerdotisa  del mediodía. Vestía un traje negro escotado  por el frente y la espalda y zapatos con tacones; los cabellos en  bucles cayéndole en los hombros y un lunar falso en la mejilla. Se había untado un aceite perfumado que le hacía brillar la piel al reflejo de las lámparas de petróleo.

---Esta fiesta la celebramos cada año, justo al siguiente en que nos abandonó el último de nuestros hombres;  hoy la hemos organizado para ti.

---Pero primero, come y bebe, deja que te consintamos esta noche, como  cuando chiqueábamos nuestros maridos.

El forastero pensó que estaba soñando, pero pronto cayó en la cuenta que el aguardiente le quemaba, primero la garganta y luego el esófago hasta estallar como un cohete en su estómago vacío.

---Esta noche, forastero, dijo la falsa sacerdotisa del pueblo, podrás disponer de todas nosotras como más te plazca, pero primero tendrás que bailar.

La música sonó en sus oídos irreal, como ejecutada ahora por una corte de querubines. Nunca había bailado, pensaba que los hombres rudos no bailan, pero el mezcal y el guarapo ya habían hecho mella en su en su cerebro y en su sangre que hervía en pulsaciones con el corazón a punto de salírsele.

--Chingue a su madre el Diablo, dijo en voz alta en la mitad del salón,  esta noche voy aprender a bailar.

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Pedro Cruz

Veracruzano, se graduó de la licenciatura de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana; inició sus actividades periodísticas como reportero de Sucesos en El Dictamen. Ha intentado cultivar todos los géneros periodísticos. Ha sido jefe de prensa en organismos privados. Actualmente es asesor independiente  en comunicación social. Es un lector voraz.

pedrocruz13@yahoo.com.mx