Domingo, 30 de abril de 2017

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Columna: Las Letras

El buen ladrón

Viernes, 27 Noviembre 2015

En algún momento  de nuestra vida todos hemos tenido la fantasía oscura de apropiarse de lo que no nos pertenece.

Desde robarse los ceniceros del Banco Central de España hasta sustraer los pingües ahorros de tu madre el día de la Navidad.
 
Siempre he admirado a los rateros con buenos modales; el cleptómano, a diferencia del ladrón común y corriente, roba por la necesidad de satisfacer su ego; mientras que el mal ladrón desvalija por necesidad  o para satisfacer un deseo material o  económico.

Al final de la jornada  sólo unos cuentos dejan su sello de autor, es decir, sacarte la cartera con elegancia.  Sin usar la rudeza ni la navaja. Según la tradición cristiana dos ladrones murieron crucificados con Jesucristo,  el Mal Ladrón y el Buen Ladrón, al ladero derecho del  señor debe estar ahora el Chino Maa.

En la flor de la edad, a los  18 años, ingresé como meritorio al  Sindicato de Fotógrafos Pasteleros y Conexos del Puerto.

Las reuniones  o juntas eran a la sombra de un almendro traído hace 200 años  al puerto por los turcos desde Kurdistán y que hoy todavía se mece inmutable al compás del viento en  el patio del Registro Civil, junto a la inmutable estatua de Juárez,  donde se jugaba a la suerte el trabajo del día: cumpleaños, bautizos y la cereza sobre el pastel, una boda de opulentos o recientes ricos de la ciudad en el Casino Español o en el Salón del Villa del Mar.

El Chino Maa además de cleptómano era dipsómano, así que el gusto por apropiarse de lo ajeno provenía no sólo de una manía sino de un libertinaje, de una perversión,  que había que mantener.

 En el gremio de los fotógrafos pasteleros del puerto todo era envidias e intrigas. Los 13 socios, todos en la plenitud de la  edad,  no vieron con buenos ojos la incorporación de un jovenzuelo con una cámara Nikon y acné en los carrillos.

Todos usaban la clásica Pentax de batalla y revelaban en blanco y negro.

Mi padre había causado baja, luego de 50 años de trabajo,  en el Sindicato y yo ocupa su lugar; nada de eso pareció importarles, el trabajo era escaso y la disputa por un buen evento era similar a  la línea de golpeo en el fútbol americano.

El primer día no participé en la rifa del trabajo, que hubiera sido improductivo, ya que desconocía el método  y el plan de la responsabilidad, aunque ya tenía la técnica del buen fotógrafo que me ha encumbrado en la actualidad como para mantenerme como Jefe de Fotografía del periódico La Crónica.

A punto estaba de retirarme cuando me topé  por casualidad con el Chino Maa. Creo que rayaba los 50 años. No era muy alto, vestía todo de algodón y con una sonrisa perenne en los labios.

Venía recién bañado y afeitado con una enorme maleta negra  colgada en el hombro derecho donde guarda la cámara y sus afiches personales.

Estaba  limpio pero su aliento desprendía el olor perpetuo a manzanas podridas de los alcohólicos.

---¿Eres el hijo de don Luis?--- me preguntó mientras yo ya enfilaba por la avenida Independencia.

Me detuve.

----Recuerdo que lo acompañabas en sus últimos eventos---

---Siento lo de tu jefe que en paz descanse; fuimos buenos amigos;  era un gran tipo, no cómo este grupo de pendejos---,

---Vengo nada más a pasar lista---

---Estos hijoeputas no ven más allá de sus narices----

--El trabajo está en otra parte---, dijo enigmático, mientras sus ojillos destellaban un extraño brillo. 

---El oficio de fotógrafo es apasionante, conoces mucha gente, puedes entrar a las casas de los ricos de la ciudad; en un tarde con suerte puedes comer y tomar de lo mejor---.

Me pidió que lo acompañara porque era lunes y tenía “unos jales”.

Lo primero que hicimos ese día fue ir a la Comandancia de la Policía Municipal donde el Chino Maa era el fotógrafo oficial.

Incluso traía charola de policía y  un carro robado con la complacencia del comandante Toño, quien le protegía y lo mimaba porque además le proporcionaba información valiosa.

Era lo que hoy se conoce como un halcón o un chivato, pero con gracia y estilo;

Uno a uno le fueron  presentados los presuntos delincuentes, detenidos la noche anterior,  que serían remitidos al Ministerio Público: cadeneros, jauleros, carteristas, paqueros; raterillos de poca monta.

La foto era de frente y de perfil;  atrás una señalética con la estatura del indiciado;  casi todos los malandros conocían al Chino Maa y le pedían ayuda pero él los evadía.

---No traen dinero, ni cómo  ayudarlos--- expresó sin que viniera a cuenta.

Con el último de la fila fue diferente.

---- ¿“Caiceros”? otra vez aquí-- le gritó-

Era un jovenzuelo de  no más edad que la mía; alto, delegado y de piel blanca;  vestía una camiseta deportiva, pantalón de mezclilla y no llevaba agujetas en los zapatos tenis.

Caí entonces en la cuenta que ninguno de los detenidos llevaba agujetas en los zapatos.

---Se los quitamos al ingresar  para que no se ahorquen----, me ilustró el policía de guardia mientras devoraba una torta de queso de puerco, envuelta en papel estraza,  y una cocacola.

Caiceros llevaba 30 ingresos en el último año. Era, sin duda, un ladrón fracasado.

---No hice nada Maa, me detuvieron por sospechoso ----, adujo.

Cuando había un robo en la zona de influencia de Caiceros, el comandante Simitrio iba directo por él.

Así trabajaba la policía en ese tiempo, cuando  no existía Comisión  de Derechos Humanos, pero aún no nos había invadido la delincuencia organizada, puro raterillo común y corriente.

El Chino lo estudió por diez segundos; lo miró de pies a cabeza.

--Bueno, si me das tu reloj, te sacó en la tarde--- le dijo solemne.

--¿En serio Maa, me vas a ayudar?—- preguntó Caiceros, incrédulo.

El Chino mantenía una relación insana y de complicidad con policías, agentes del MP y jueces.

---Claro, amigo—le contestó  con su risilla inmoral.

Ese día me llevó a la zona de tolerancia de la calle Guerrero. En una cuadra había 23 cantinas. Las recorrimos todas.

En ninguna le cobraron. Iniciamos al filo del mediodía en la Panchita; una matrona de edad indefinida, de tetas descomunales que desprendía un olor rancio, lo atendió con una cortesía demasiado fingida.

---¡Maa, qué  gusto verte otra vez¡, expresó  abriendo sus brazos gordos y fofos y le dio un beso.

 Yo no llevaba nada en el estómago. Con el Chino Maa aprendí a desayunar con cerveza o ron;  él tomaba ron añejo con agua mineral o whisky etiqueta roja.

Nunca lo vi probar bocado de las botanas que servían en exceso.

---Pierdo horas-copa—se excusó.

También protegía los giros negros y en algunos no sólo no pagó, sino incluso cobró sus regalías---

--Así va la vida Nachito---- me  presumió, mientras guardaba unos billetes de 500 pesos en la bolsa de su cazadora.

Seguimos a la Paty,  las Dos Hermanas, la Terminal, los Tres Panchos, la Prosperidad de Mérida, el Pénjamo, La Jarochita, el Farolito, la Luna, Casablanca,  el Gallo, así una lista interminable antes de llegar al final de la calle.

Concluimos a las ocho de la noche en la  Carta Blanca; el Chino visiblemente ebrio y ya con bastante dinero.

El ambiente era sórdido, pero todos conocían y respetaban al Chino Maa, sobre todo las chicas que atendían el sitio hasta que entendí por qué esa extraño afecto.

Cargaba dos billeteras; la oficial con los cobros del día y la de  presumir con puros billetes de 50 pesos que les propinaba las muchachas  a diestra  y siniestra, es decir, sin tinos ni miramientos.

Eligió a dos;  las más jóvenes, fastuosas y exuberantes: les exigió que me mimaran sentadas en ambas piernas.

Esperó mí  reacción. Era demasiado tarde para echarse atrás; con un gesto de agrado me dio entender que aprobaba mi bautizo y confirmación, como un sacerdote de la noche,  para entrar en ese mundo extraño, arrabalero  e impúdico.

Al otro día, a la misma hora, regresamos a la Barandilla,  justo en el momento en que un guardia sacaba a Caiceros de su celda para trasladarlo al penal.

---Maa le gritó, prometiste sacarme en la tarde---

---Y te cumplí—dijo el Chino.

Sacó de la mochila negra  el  periódico vespertino La Tarde, donde era también colaborador en la sección de Sucesos.

En la contraportada, a color, sobresalía la foto de Caiceros. “Cae pájaro de cuenta”, decía el encabezado a ocho columnas.

---No Maa  en el periódico no, yo decía “guacia”, “guacia” de la celda—

---No, estás por robo y la fianza es muy elevada--- le contestó mientras revisaba la hora en su nuevo reloj.
Otras víctimas lo esperaban y se nos hacía tarde.

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Pedro Cruz

Veracruzano, se graduó de la licenciatura de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana; inició sus actividades periodísticas como reportero de Sucesos en El Dictamen. Ha intentado cultivar todos los géneros periodísticos. Ha sido jefe de prensa en organismos privados. Actualmente es asesor independiente  en comunicación social. Es un lector voraz.

pedrocruz13@yahoo.com.mx