Domingo, 30 de abril de 2017

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Columna: Las Letras

Los besos de las chicas malas

Lunes, 02 Noviembre 2015

Abrílos ojos para tratar de apreciarme vivo. El sol entró como un intruso por éntrelos visillos de la persiana. Me palpé la cabeza, el tórax, las piernas, parasentir si las partes de mi cuerpo estaban en su lugar.
 
Sentíademás el calor de un cuerpo vivo y voltee la cabeza con un dolor espantoso enel hipotálamo.

Porsu puesto era  la a chica mala; dormía asus anchas boca arriba, totalmente desnuda, con una pierna sobre mi abdomen yuna mano en mi pecho.

Lacara de lado, sobre la almohada, la boca abierta, el pelo desordenado; emitíaun leve  pero pertinaz ronquido, como elsonido que hacen las abejas en vuelo.

Unhilo de baba se había secado por la comisura izquierda de sus labios, dejándoleuna huella blanca en la mejilla. 

Laaparté lentamente para no despertarla. Observé su rostro sin maquillaje y mesorprendió el color pleno de su juventud. 24 primaveras cumplidas en misbrazos.

Sucara infantil y el desamparo en que se encontraba en ese cuarto de naufragio meconmovieron y me entraron unas ganas como de protegerla  incluso batiéndome a duelo con espada.

Meincliné y le besé la mejilla.  Mismovimientos, a penas imperceptibles, la despertaron. 

Abrió  los ojos y me sonrió con una mueca más dedolor que de placer.
 
---Fuerondemasiadas cervezas---- dijo a modo de consuelo y se acurrucó otra vez a mílado. 
 
Entoncesempecé a exprimirle los barros y las espinillas de la cara.
 
Aguantóestoica el embate de mis dedos. Primero los más pequeños  y luego los puntos negros.

Estabaen la parte final del último cuando sonó el teléfono. Apreté con ímpetu y elporo se abrió de súbito. 

Unleve chorro de grasa me salpicó la cara.

---¡Ayyyy!---gritó la chica mala--- ya no sigas, se me va a inflamar la cara.

---Lanaturaleza te da la oportunidad de sacar lo que no te sirve en el cuerpo, comocuando defecas u orinas--, pensé mientras observaba los restos de un ceboblanquecino en mis uñas.
 
Deotra forma no veo razón alguna para que una parte de ti se convierta en célulasmuertas, en una grasa compacta, a veces fresca, que sale de acuerdo a lapresión que se  ejerzas con los pulgares.

Losrepiques me sacaron de concentración.
 
Melevanté desnudo. Fui  a la sala  y alcé  el auricular. 

---Quién coños habla----, dije con evidente mal humor.
 
La chica mala cambió de posición y se tapó con la sábana. Mide un metro con 74centímetros  sin zapatos, es seis centímetros más alta que yo. 
 
Es delgada y de tetas chicas; sería la reina en una pasarela por su apariencia ysu color apiñonado,  pero no sé por qué todos mis amigos dicen que es un poco tonta. A mí eso no me importa.

Era  Toño Collado, un amigo, timador de turistas, bueno para nada;  quería que fuéramos a jugar billar al Club 53 a las dos de la tarde.

Le dije que sí mecánicamente, que ahí nos veríamos y colgué.

Desde la cama, la chica mala volvió a hacer la mueca indescifrable.

En la  víspera nos habíamos  tomados como 15 cervezas  de 300 mililitros cada  uno.
 
Fui al baño y oriné un chorro potente y espumoso. Regresé  a los brazos calientes de la chica mala, donde me sentía protegido de todos los peligros del mundo, por un momento.

La miré a los ojos. Los entrecerraba y hacia esfuerzos extremos para no demostrarme que también tenía una resaca marca diablo.
 
Eran pasadas las diez de la mañana y el sol del verano empezaba colarse  con más fuerza; en una hora la habitación sería una sauna.
 
Me acosté boca arriba y puse la cara de la chica mala,  como un trofeo, sostenida con ambas manos, a dos palmos de mi cara.

Me quite los lentes de lejos y pude verle todos los poros de la cara abiertos ei inflamados por la presión que ejercí al sacarle la grasa casi adolescente.

Tiene la cara algo redonda, los ojos chinescos, la boca chica y los labios delgados. No se parece a nadie más en el mundo. 

Su pelo es lacio con un flequillo en la frente y los dientes imperfectos.

Nome preguntó nada, no le interesó nada del mundo exterior a esa hora del día.
 
Sentísu aliento de cerveza fermentada; no soporto el aliento alcohólico; soy un borracho empedernido y ávido fumador, perosiempre hablo de lado cuando tengo copas encima o estoy crudo, porque entiendola repugnancia de sentir el tufo de un borracho.

Peropronto entendí a que a esa hora y en esa circunstancia todos los aromas sehabían concentrado en esa habitación que olía a sudor, semen, grasa; a todoslos vapores de la tierra.
 
Bajósu cara en mi pecho y volvió a soltar esa risa tonta. No éramos nada. Digo, noteníamos ningún compromiso formal.  

--¿Quésomos tú y yo?—le pregunté una vez, mientras saboreaba su helado del Güero,Güero.

--Amigoscon derechos—me contestó.

Esdecir, nos acostábamos por puro placer y para que yo le quitara las espinillas.

Escuriosa la relatividad del tiempo; las horas iban lentas desde que nos despertamos;no teníamos hambre, solo una sed espantosa pero ninguno de los dos dijo nada. 

Meconcentré en morderle las orejas en cada oportunidad.

Apenassentía mis dientes en sus lóbulos se le olvidada la risa estúpida y su cuerpose contraía como cuando recibes una descarga eléctrica.

Noteníamos ganas de nada; ni siquiera de asearnos; ni ganas de pensar en lo queharíamos las próximas horas. 
 
Asíestuvimos hasta pasado el mediodía, hasta cuando a la chica mala le dieronganas de mear.
 
Selevantó como  una gacela; me sorprendí delo largo de sus piernas y de cómo caminaba, parecía más bien que flotaba,  mientras todo su cuerpo brillaba con la luzdel sol.
Juroque se sentía mejor sin ropa que vestida. La escuché entrar al sanitario yecharse un pedo.
 
Regresólimpiándose con un papel sanitario y lo tiró junto a la cama, donde habíatrastos con restos de comida y botellas de cervezas vacías. 
 
Volvióa reír enigmática. No sé  por qué penséen la Gioconda de da Vinci.  Se acostóboca abajo y comencé a contarle los lunares de la espalda.
 
Teníala piel suave, recia y caliente.

Lavoltee como quien da vuelta a una tortilla en una sartén.
 
Defrente era  también plana. Desde elcuello hasta los pies empecé a contar la segunda parte de los lunares. En totaleran 363; algunos muy evidentes otros apenas imperceptibles; la mayoría lostenía en la espalda, el cuello y en el pecho.
 
Perotambién tenía algunos en las piernas y en la ingle  muy cerca de su sexo de niña. 

Volvimosa hacer el amor. 

El placer de sexo es un gusto efímero. Dura menos de 30 segundos. Después de ese tiempo se convierte en dolencia.

La cruda infernal y el horno en que se había convertido ya el pequeño  cuarto, más que el esfuerzo físico, era la causa de un dolor punzante en el parte baja de mi cabeza, pero no le dije nada.

Aunquecreo que se dio cuenta, porque me vio con malicia y dijo--- jijjijjijjiji---.

Fui al refrigerador y tomé las últimas dos Coronas.  Le di una a la chica mala y de un sorbo prolongado le baje la mitad a la mía. 

Hacía al final de las dos la tarde, a la hora en que debería estar empezando elprimer pool, me dijo--- tengo hambre--.

Mevestí a la carrera salía a la calle y regresé con más cervezas y comidachatarra.
 
Seguíadesnuda y sin asearse. 
 
----Estedía no pienso salir de la cama----
 
Destapédos cervezas más  y contesté:

---Yotampoco—.
 

Entonces fui a la sala y descolgué el teléfono.

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Pedro Cruz

Veracruzano, se graduó de la licenciatura de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana; inició sus actividades periodísticas como reportero de Sucesos en El Dictamen. Ha intentado cultivar todos los géneros periodísticos. Ha sido jefe de prensa en organismos privados. Actualmente es asesor independiente  en comunicación social. Es un lector voraz.

pedrocruz13@yahoo.com.mx